La Plaza de San Pedro amaneció en fiesta y el Papa quiso bajar la santidad del cielo a la calle. Este domingo 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, León XIV presidió el rezo del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico y dejó una frase que resume todo su mensaje: «La santidad no es un privilegio para unos pocos, sino una vocación universal que nos interpela a cada uno de nosotros allí donde vivimos». No es un ideal para especialistas de la vida espiritual: es, según el Pontífice, el camino ordinario de todo cristiano, en su casa, en su trabajo y en su barrio.
Todos los santos: también los que solo Dios conoce
En su reflexión previa a la oración mariana, el Santo Padre explicó que en esta solemnidad la Iglesia celebra a todos los santos: a los que han sido reconocidos oficialmente como tales y también a tantos otros que no lo han sido, pero que Dios conoce. Son, en palabras de la liturgia del día, esa «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» de la que habla el libro del Apocalipsis (Ap 7,9). Hombres y mujeres que, siguiendo al Señor Jesús, hicieron de su vida un don entregado a Dios y al prójimo, y cuya fiesta es, para el Papa, una invitación a gustar ya la alegría de esa familia innumerable.
Las bienaventuranzas, el mapa del camino
León XIV tomó como guía el Evangelio de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12) y describió con trazos sencillos el rostro de los santos: son pobres de espíritu, pero ricos en el amor de Dios; mansos frente a la violencia; hambrientos y sedientos de justicia; misericordiosos que saben perdonar; y constructores de paz a los que Dios llama por su nombre. Personas que, aun atravesando el sufrimiento, las dificultades y hasta la persecución, permanecen firmes en la fe y en la caridad. Su santidad, subrayó, no se mide con cálculos humanos: se reconoce en gestos y decisiones de amor que superan los cálculos de la codicia y la prepotencia del mal, que a veces parece prevalecer.
«Dios ve el bien que nosotros no vemos»
Uno de los momentos más consoladores de la reflexión fue su mirada sobre la santidad escondida. El Papa recordó que Dios ve el bien que nosotros no vemos, conoce historias que nosotros no conocemos y llega a corazones a los que nosotros no tenemos acceso. Por eso la multitud de los santos no puede ser contada ni reducida a una lista: el bien que han difundido a su alrededor desborda cualquier cuenta. Y por eso, añadió, los santos son «el signo más hermoso y más fuerte del Reino de Dios» que viene y que ya está entre nosotros. Antes de rezar el Ángelus, encomendó a los fieles a la Virgen María, para que acompañe nuestros pasos en el camino de la santidad y no nos cansemos de construir la paz, tanto en los hechos más importantes como en los más sencillos de la vida cotidiana.
Después del Ángelus: gratitud por la ayuda a Oleshky
En los saludos posteriores a la oración, el Pontífice celebró un gesto de humanidad que él mismo había impulsado: la operación humanitaria realizada en estos días en favor de la población civil de Oleshky, la ciudad ucraniana a orillas del Dniéper cuyos habitantes vivían sin agua, electricidad ni medicinas, con el puente destruido y las carreteras minadas. «Espero que la cooperación entre las partes, que ha hecho posible este necesario gesto de humanidad, fomente una mayor disposición al diálogo y dé lugar a nuevas iniciativas concretas en favor de la paz», afirmó, y encomendó a María, Reina de la Paz, y a todos los santos a cuantos hicieron posible la operación. Como informó este medio, León XIV había pedido esa tregua humanitaria por teléfono al presidente ruso, Vladímir Putin, el 16 de octubre, y al presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, el 19 de octubre; la evacuación de cientos de civiles y la llegada de alimentos, agua potable y suministros médicos ya son una realidad, y el Consejo Ucraniano de Iglesias y Organizaciones Religiosas agradeció públicamente la intervención del Papa.
Mártires, jóvenes y pobres en los saludos del Papa
El Santo Padre recordó también la beatificación celebrada ayer en Savannah, Georgia, en Estados Unidos: la de Pedro de Corpa y sus cuatro compañeros, frailes menores originarios de España, asesinados por odio a la fe en 1597 tras responder con generosidad a la llamada del Señor para evangelizar a las poblaciones de América, llegando incluso a dar la vida. Saludó asimismo los Juegos Olímpicos Juveniles que se celebran en Dakar hasta el 13 de noviembre, para atletas de 15 a 18 años, y felicitó a los frailes menores por la iniciativa junto a los pobres que tendrá lugar en Roma el 15 de noviembre, porque con ella ponen a los pobres en el centro, como hacía el Señor Jesús y san Francisco de Asís.
Mañana, misa por los fieles difuntos en el Verano
Al final, León XIV anunció que mañana lunes 2 de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos, celebrará por la tarde la santa misa en el Cementerio del Verano de Roma, e invitó a sentirse unidos, en la comunión de los santos, a la inmensa familia de los hermanos y hermanas que nos han precedido, rezando especialmente por aquellos a los que nadie recuerda. Fue, además, su último Ángelus antes del viaje apostólico a Uruguay, Argentina y Perú, del 6 al 17 de noviembre: el domingo próximo el Papa ya estará en tierras argentinas. La fiesta de hoy deja una tarea clara para la semana: creer que la santidad también es para nosotros y empezar, con un gesto concreto de amor, allí donde vivimos.


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