Hay lugares donde la Iglesia reza en voz baja, y el Cementerio del Verano de Roma fue uno de ellos esta tarde. Este lunes 2 de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos, el Papa León XIV presidió a las 16:00 la Santa Misa en la explanada de entrada del cementerio monumental del Verano, el camposanto histórico más importante de la capital italiana, ante numerosos fieles que acudieron pese a la amenaza de lluvia. Es la segunda vez consecutiva que el Pontífice elige este lugar para esta jornada, una tradición que retomó el Papa Francisco en 2013 y que había inaugurado san Juan Pablo II en 1979.
Un ramo de flores blancas y amarillas antes de la Misa
Antes de comenzar la celebración, León XIV se detuvo unos instantes en oración ante una tumba del camposanto y depositó sobre ella un ramo de flores blancas y amarillas, los colores de la bandera del Estado vaticano. Un gesto sencillo y silencioso, en nombre de todos los difuntos, que marcó el tono de recogimiento de toda la tarde: recordar a quienes nos precedieron no como un adiós definitivo, sino como una comunión que continúa.
«Un lugar de oración y de memoria, de afecto y de esperanza»
Ya en la homilía, cuyo texto difundió la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Papa describió el cementerio con estas palabras: «Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este lugar de oración y de memoria, de afecto y de esperanza». La Misa, explicó, se ofrecía en sufragio de los fieles difuntos, en particular de quienes reposan en ese camposanto y de aquellos que cada uno de los presentes lleva en el corazón. Conmemorar a los difuntos al día siguiente de la solemnidad de Todos los Santos, añadió, orienta la oración: pedir al Padre del cielo que la vida de santidad y de bienaventuranza que ya gozan tantos de sus hijos envuelva también el alma de quienes duermen el sueño de la paz.
Las almas de los justos están en las manos de Dios
El Pontífice apoyó esa confianza en la Palabra proclamada. Del Libro de la Sabiduría recordó que las manos de Dios son capaces de custodiar eficazmente las almas de los justos: «ningún tormento los tocará» (Sb 3,1). Y del Libro del Apocalipsis tomó la promesa de la comunión eterna: «Ellos serán su pueblo y él será el Dios con ellos, su Dios» (Ap 21,3). Esa pertenencia recíproca, subrayó, es la que el Buen Pastor promete a sus ovejas, que no se perderán jamás y a las que nadie arrebatará de su mano.
Las bienaventuranzas, autorretrato de Jesús
El centro de la homilía fue el Evangelio de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12), que León XIV presentó como «el autorretrato de Jesús» y como el camino de la vida plena y realizada, ya ahora y para la eternidad. Cuando se proclaman en la liturgia, explicó, es el Señor Resucitado quien habla, y ese anuncio resuena con particular fuerza en un cementerio, «como un umbral entre el más acá y el más allá», entre la existencia terrena y la vida que nos espera.
«Que las lágrimas de tantas madres conmuevan las conciencias»
Entre las ocho bienaventuranzas, el Papa destacó una que, dijo, hoy nos toca de modo particular: «Dichosos los que lloran, porque serán consolados» (Mt 5,4). Desde ahí dirigió su oración más intensa de la tarde: «En este momento queremos orar por quienes han perdido hace poco a una persona querida; en particular por aquellos a quienes se la arrebató la absurda violencia de la guerra. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños, de tantos ancianos toquen las conciencias de quienes tienen poder de hacer callar las armas!». Un llamamiento directo a los gobernantes y a quienes deciden sobre los conflictos, para que el dolor de las familias se convierta en camino de paz.
San Francisco y la «hermana muerte»
En el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, León XIV recordó también la bienaventuranza que el santo añadió al Cántico de las criaturas al comprender que se acercaba su fin: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal», dichosos aquellos a quienes la muerte hallará en la santísima voluntad de Dios, porque la muerte segunda no les hará mal. Una mirada serena y creyente ante el final de la vida terrena, en amistad con Dios.
«Nuestro vínculo no se interrumpe, se transforma»
El Papa cerró su homilía con la certeza que sostiene esta jornada: «La fe en Cristo nos dice que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se interrumpe, sino que se transforma». Con la oración de sufragio, explicó, acompañamos a nuestros seres queridos hacia la comunión plena con el Señor, esa misma comunión que ya pregustamos aquí, en el sacramento de la Eucaristía. Y animó a proseguir el camino terreno con esa fe llena de esperanza, a la espera del día en que el Señor enjugará toda lágrima, cuando «no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las cosas de antes han pasado» (Ap 21,4).
Una oración que continúa
La celebración del Verano abre los primeros días de noviembre del Pontífice, a pocos días de su viaje a Uruguay, Argentina y Perú, del 6 al 17 de noviembre. Para los fieles, queda la invitación concreta de este 2 de noviembre: rezar por los propios difuntos, encomendar a las víctimas de las guerras y no dejar que el recuerdo se apague. Como enseñó hoy el Papa, los que lloran serán consolados, y el amor, en Cristo, es más fuerte que la muerte.
Fuentes: texto oficial de la homilía difundido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede (2 de noviembre de 2026) y crónica de la agencia EFE.


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