El dolor tiene una manera particular de sacudir la fe. No porque la fe sea débil, sino porque el dolor es real. Nadie está preparado para pérdidas profundas, decepciones intensas o heridas inesperadas.
Dudar no te hace menos creyente. Te hace humano. La fe verdadera no es la que nunca cuestiona, sino la que permanece aun con preguntas.
Job perdió todo y aun así dijo: “Aunque Él me mate, en Él esperaré”. David lloró, se quebró, se escondió, y aun así siguió escribiendo salmos. La fe no les evitó el dolor, pero les dio un lugar donde sostenerse.
Cuando el dolor llegue, no te alejes de Dios. Háblale con honestidad. Dios no se escandaliza de tus lágrimas ni de tus preguntas. Prefiere una oración rota que un silencio orgulloso.
Sostener la fe en medio del dolor no significa entenderlo todo, sino decidir confiar aunque no entiendas nada. Significa decir: “No sé por qué pasa esto, pero sigo creyendo”.
Y eso, para Dios, es una fe preciosa.

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